El desafío: ¿es posible enseñar a crear?

Ante esta pregunta surge una serie de cuestiones que propongo para organizar la tarea productiva de modo creativo:

Indaguemos acerca del interés que despiertan en los alumnos las tareas que les presentamos. ¿Qué gestos, qué actitudes, qué comentarios genera nuestra presencia? ¿Cómo ven la actividad tradicional en el aula y cómo participan ellos?

Analicemos la cantidad de información que les transmitimos, el nivel de comprensión de los temas que estamos dictando y veamos si se traducen en los trabajos que realizan: un dibujo, una pintura, una pieza de cerámica.

Preguntémonos si los temas que desarrollamos posibilitan la generación de propuestas novedosas en los trabajos de los alumnos.

Estudiemos de qué forma cada alumno mira su trabajo y el de sus compañeros; las cosas que nos dicen y las que no nos dicen y se hacen visibles; tratemos de descubrir si son sinceros, si son objetivos, si reflexionan o no.

Veamos si nuestros alumnos buscan posibilidades en las formas, los materiales; si se preocupan por la mera prolijidad o si trabajan con soltura.

Intentemos motivarlos para que realicen varios trabajos y desarrollen varias ideas, en distintas hojas y con distintos materiales.

Induzcamos a que cada alumno conserve todo lo que hace, ya que en cualquier momento ese trabajo realizado con anterioridad puede ser fuente de inspiración para otro nuevo.

Estimulemos la generación de una idea y otra y otra, basadas o no en las anteriores.

Evaluemos la fluidez del pensamiento en los alumnos, contando cuántos bocetos realizan en una cantidad de tiempo determinada, y observemos la flexibilidad con la que se manejan al descubrir las diferencias entre unos y otros.

Debatamos con los alumnos las ideas y las ejercitaciones realizadas para tener referencias en nuestras futuras planificaciones.

Debatamos sobre las distintas maneras de hacer un trabajo, sobre los aportes que pueden recibir los alumnos, sobre las ideas de novedad, originalidad y sorpresa.

Hablemos de las relaciones entre los colores y las formas nuevas y usadas; hablemos de las fórmulas, la copia, el descubrimiento, el hallazgo y la invención.

Hablemos de la crítica, pero en forma cotidiana, utilizando terminología accesible, excepto en aquellos casos en los que sea necesario aplicar nombres técnicos para que los alumnos los conozcan; pues debemos saber si una ejercitación está bien organizada, necesariamente responde a ciertos conceptos que hay que llamar por su nombre.

Tratemos de que las críticas siempre sean constructivas, porque en todos los trabajos hay elementos rescatables, sobre todo si fueron hechos con conciencia y esfuerzo.

Elaboremos detalladamente nuestras propias guías de ejercitación, para que sean orientadoras en el desarrollo de las clases, con tiempos estipulados para las experiencias, organizadas por días, por semana, por mes y por año.

Revisemos y reoganicemos los programas de estudio tradicionales en función de nuevas motivaciones y nuevas técnicas plásticas.